Un paseo por Fuente la Lancha

   Derramado sobre una pálida y suavísima colina, arropado por la suave tonalidad de un cielo estival y puro, Fuente la Lancha, visto desde la ermita de la Dehesa, se asemeja a un melodioso rebaño de tejadillos ocres pastando sobre el silencio del crepúsculo. EL campanario de la iglesia se eleva limpio sobre la armónica mansedumbre de las casas. A un lado y otro del pueblo, brotan caminos, huertecillos silenciosos, que se conjugan serenamente con bardales de adobe y paredes blancas, con modernos edificios recién alzados.

    De este a oeste, como una serpiente infinita y gris, la carretera cruza el pueblo por un costado. Hacia el norte, en dirección a Villaralto, surge, asimismo, un tímido carreterín, escoltado de vaquerías, huertos y olivillos, de cercados familiares y alambradas.

    Es un paisaje agrícola y rural, cargado de luz, de mansedumbre, de poesía y de belleza; es un lugar privilegiado y armonioso: un rincón para quedarse a vivir eternamente. No hay otro pueblo como Fuente la Lancha, tan cargado de azul y de silencio, de suave hechizo; pueblo varado en una mágica colina, en el lugar más sugerente de Los Pedroches. Calles limpias y húmedas de luna, recogidas y amables como damas silenciosas que agradecen la visita del viajero, acogiéndole cálidamente, conduciéndole a una paz serena y blanca.

   Caminillos de oro que se cruzan amablemente en las orillas del núcleo urbano, huertos dulces, perfumados de hierbabuena y de árboles frutales y de albahaca. Asciende el humo de las blancas chimeneas para fundirse con el cielo del poniente, rosado, cuajado de cenizas. Va adormeciéndose la luz sobre los tejados. A lo lejos, en la vaga lejanía donde los cerros azules se desvanecen, se hace violáceo el paisaje, se llena de rosas el horizonte, a la vez que el corazón del encinar se rompe en una llanura de pastos viejos, de cercados labrados en oro y ceniza.

    A esa hora misteriosa de la tarde en que la noche viene avanzando sobre las sierras, sobre los puentes y las alamedas, Fuente la Lancha bebe luz del universo, y sus tejados, ya coronados de silencio y de penumbra, van adornándose de lánguidas estrellas.